todo ranking no es sino un almacén de síntomas, lo mismo que los covers, accesorios y repuestos para la construcción del fan que cada uno de nosotros lleva dentro. rafael cippolini
maría dice: Como Liliana Maresca no encontraba su lugar en el mundo, tuvo que inventárselo. Se separó de Julio y se mudó a la calle Estados Unidos 834, a un PH antiguo, segundo piso por escalera, semiderruido. Para subsistir, decidió alquilar las habitaciones. La casa se fue poblando. Y ella, poco a poco, se convirtió en la dueña de la pensión.
La Buenos Aires de mediados de los ‘80 por donde circulaba Maresca era una ciudad efervescente. En 1985, mientras los titulares de los diarios anunciaban que una joven tenista argentina había ganado el Orange Bowl, Batato Barea empezaba su ciclo de performances, ésas que haría circular por reductos como Vértigo, Cemento, La Imprenta, Freedom, Eat and Pop y Crash. Eran tiempos desaforados y hay quienes dicen que la cocaína que se consumió en esa década fue la más exquisita.
Como una madre que recogía huérfanos, Maresca convirtió su casa de Estados Unidos en centro de reuniones. Por turnos, y entre otros, vivirían allí Ezequiel Furgiuele y Graciela Paola, Alberto Laiseca, Marta Soriano, Diego Kogan, Enrique Symms, María Bernarda Hermida, Patricia Borgarini y Lucrecia Rojas. “Estados Unidos”, como aún hoy llaman a la casa, era un reducto artístico que les daba lo que buscaban: pertenencia y libertad. Las fiestas se dieron como la forma natural de volver a conectarse con el mundo exterior. Era habitual volver ya entrada la madrugada y tener que ayudarse unos a otros a subir las escaleras mientras se chocaban a cada paso con las esculturas que colgaban por los pasillos de la casa. Tan abarrotado de objetos estaba el lugar, que un día llegaron los del Censo y les preguntaron si eran un grupo Umbanda.
maría dice: “Hay una chica en la calle Estados Unidos que dice las mismas cosas que decís vos”, le dijo un tipo en un bar a Ezequiel Furgiuele. “La tendrías que conocer.” Ezequiel había regresado a Buenos Aires luego de seis años de exilio y para subsistir vendía dibujos de mesa en mesa por San Telmo. “Me fui caminando y empecé a preguntar hasta que llegué a lo de Liliana. Ella, de curiosa nomás, me hizo pasar, me tuvo ahí durante horas, charlándome y a la vez estudiándome como si fuera de los servicios. La máquina se armó cuando nos juntamos.”
Al año siguiente, el 9 de abril de 1985, la dupla artística –el Grupo Haga: Maresca y Furgiuele– quedó sellada en la muestra Una bufanda para la Ciudad de Buenos Aires, en la galería Adriana Indik. Era una performance que tomaba la calle y, como muchos de los proyectos de los años ‘80, se había gestado de manera amorfa y casual. Ezequiel cuenta: “La fuimos a ver a Adriana Indik y como Lili era muy salvaje yo le dije que me dejara hablar a mí. Llegamos a la galería, nos sentamos y le digo a Adriana: ‘¿Querés seguir vendiendo pinturitas de Lola Freixas o querés pasar a formar parte de la historia del arte contemporáneo?’. Y ahí nomás le digo que nosotros queremos tejerle un poncho a la ciudad. ‘Pero no hay tiempo’, me dice ella. ‘Ah, entonces tenemos un Plan B: hacerle una bufanda’”.
Con los retazos que tiraban los fabricantes del Once, el grupo armó una urdimbre que dejaron colgar por la ventana del primer piso de la galería. “Convocamos a gente para que pidiera tres deseos y pusiera cosas. Y la gente salía de las oficinas y se enganchaba.” A medida que participaban la trama iba creciendo como una telaraña. “Vino la policía, vino la televisión. Por primera vez alguien nos daba pelota.” La bufanda era muy ‘80; en su grosera catarata de basura, semejaba el vómito de la dictadura. Y después, entre las cosas que se encontraron enganchadas, apareció un revólver calibre .32. Al caer la medianoche, un grito seco retumbó por las calles del microcentro: “Ya se les va a terminar este corso a los hippies y a los comunistas”. A partir de ahí, al Grupo Haga le llovieron propuestas.
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